(III) El último camino, de Julia Molla

En abril de 2021, en el Club d’Escriptura Creativa de Rocafort (dirigido por Paco Inclán) se planteó como ejercicio la escritura de un microrrelato sobre el periodo de la vida de Antonio Machado que empezó con su estancia en Rocafort. Con el permiso de sus autoras y autores, iniciamos la publicación de los mismos. Publicamos la tercera entrega, El último camino, un texto de Julia Molla.

EL ÚLTIMO CAMINO    
por Julia Mollá

Tengo el don de poder leer el pensamiento de la gente. ¿Desde cuándo?. Desde el principio. Con seis o siete años ya mi padre decía “¡esta niña parece bruja!”

No sé si llamarlo cualidad o defecto. A veces, ha sido una suerte; a veces, una desgracia. 

En algunas ocasiones vi el cielo abierto, la mujer más feliz de este mundo; en otras pensé que moría de rabia, de pena, de miedo, de asco…

Es lo que tiene la condición humana, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos, pero también lo peor; así que mi don lo he ocultado siempre. No lo compartí con nadie.  Opté por oír, ver y callar.

Mi  hijo José ha intentado engañarme; solamente Dios sabe que nunca podría hacerlo. Sé que su hermano Antonio está muerto. 

Aquí acaba mi historia, mi arma. Ana Ruiz, madre de los Machado ya ha recorrido el camino que tenía que recorrer. Nací en Triana y terminaré mis días  en tierra extranjera.

Ahora que veo el final pienso que mi vida ha sido larga. ¡Pero se me ha hecho tan corta!    

Lloro. Las lágrimas resbalan por mis mejillas. 

-Madre, Antonio vendrá en unos días. Ha tenido que marchar por unos papeles, cosas de la documentación… Los franceses son muy  pijoteros, usted ya lo sabe.

La sala está a oscuras.  Todo es gris a nuestro alrededor.

Observo a José de arriba abajo. Desde que salimos de España parece que se ha echado encima treinta años. Es mi pequeño y cuando lo miro solamente veo un viejo demacrado, pálido y triste que soporta estoicamente el peso de su madre y su familia. Quiero creer que tendrá un futuro junto a su esposa, un lugar donde los acojan y los dejen vivir.

Cuando iniciamos este éxodo, sabía que era un viaje sin retorno, al menos para mí, un peregrinar por ciudades y poblaciones: de Madrid a Rocafort , de Rocafort a Barcelona, de Barcelona a Figueras, de Figueras a Viladasens;  después la frontera con Francia, el exilio.

Éramos muchísimos los que huíamos de la guerra, míseros e íntegros, fieles a nuestras ideas hasta el final, familias enteras, familias rotas…

Todos iban en silencio y sin embargo yo podía oír las plegarias de hombres y mujeres, los llantos callados de los niños; sentía su sufrimiento y el nuestro y pedía a Dios que me diera la fortaleza necesaria para poder soportar tanto dolor.

Casi llegando a la frontera, cuando apenas faltaba medio kilómetro, la gente abandonaba  coches y camiones, la carretera estaba colapsada. Todos querían dejar atrás el horror de la guerra.

Allí quedaron nuestras maletas, al pie de una larga cuesta que tuvimos que recorrer, calados hasta los huesos por el agua y el frío.

Mis piernas, frágiles, no me respondían.

Corpus, un buen amigo nuestro, me llevó en brazos. Estaba tan débil que no podía andar. “¡Pesa como una niña!¡ Qué a su edad tenga que pasar por esto!” 

La lluvia y el  aire gélido de enero nos golpeaba la cara.

“¿Hemos llegado ya a Sevilla?” -le preguntaba yo- y él me miraba con una infinita ternura.

Esa fue nuestra primera noche en el exilio. El cielo lloraba viendo el desfile de figuras humanas abatidas, derrotadas, desarrapadas… 

Paramos en Cerbère y allí, en el café de la estación, Antonio pasó la noche sentado en una silla y yo a su lado. Estábamos empapados.

De madrugada continuamos hasta Colliure en un tren  viejo y desvencijado. El frío se colaba por todos los rincones de nuestro cuerpo.

En Colliure somos de los pocos afortunados que han conseguido alojarse. Es un hotel modesto, pero tenemos un techo, más de lo que pueden decir otros.

José vuelve a repetirme:

– Madre. Antonio vendrá en unos días. Ha tenido que marchar por unos papeles, cosas de la documentación… 

Lo repite en voz alta y luego piensa: 

“¡Pobre madre!¡ Si supiera que nunca más volveremos a verle, a escuchar su voz, a leer algún nuevo poema!¡ Con lo orgullosa que se pone cuando los ve publicados!

¡Pobre madre! ¡Cuánto debe estar sufriendo!”           

Lo sé. No sirven de nada las mentiras. 

Le cojo las manos y se las acaricio; me las acerco a los labios; las paseo por mis mejillas. 

“¡Mis niños!” -digo en voz alta- y José piensa que desvarío, que estoy desorientá. Tiene más de ochenta años y mucho camino a sus espaldas. ¡Pobre madre! Su pensamiento no descansa. ¡Cuántos años  acompañándonos!”

Hoy cumplo ochenta y cinco años y una promesa: dije, antes de salir de España, que iba a vivir tanto como mi hijo Antonio.

Ya no hay nada que caminar.

Que su recuerdo y el mío perduren como el olor de la hierbabuena y de la albahaca.

Rocafort 14 de enero 2021