Poemas

Los poemas que el poeta escribió
durante su estancia en Villa Amparo

En 1982, Ernestina de Champourcin cedió la propiedad de estos manuscritos (que pertenecen al poemario Poesías de la Guerra) a la Biblioteca Nacional. Champourcin, conocida como la poetisa del 27, era en 1937 la esposa de Juan José Domenchina, secretario personal de Manuel Azaña.

Machado mantuvo amistad y correspondiencia con Domenchina, por lo que es presumible que estos manuscritos (que para los vecinos de Rocafort son de gran valor, pues constituyen la única prueba física y documental de la estancia del poeta en Rocafort) llegaran a las manos de Juan José Domenchina tras la apresurada marcha de la familia Machado a Barcelona.

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I

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

II

Otra vez el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro; al levantar la mano,
el puro azul dormido en la fontana.
Mi Sevilla infantil, ¡tan sevillana!,
¡cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!
¡Tan nuestra! Aviva tu recuerdo, hermano.
No sabemos de quién va a ser mañana.
Alguien vendió la piedra de los lares
al pesado teutón, al hambre mora,
y al ítalo las puertas de los mares.
¡Odio y miedo a la estirpe redentora
que muele el fruto de los olivares,
y ayuna y labra, y siembra y canta y llora!

III

Trazó una odiosa mano, España mía,
-ancha lira, hacia el mar, entre dos mares-
zonas de guerra, crestas militares
en llano, loma, alcor y serranía.

Manes del odio y de la cobardía
cortan la leña de tus encinares,
pisan la baya de oro en tus lagares,
muelen el grano que en tu suelo cría.

-Otra vez- ¡otra vez!- oh triste España,
cuanto se anega en viento y mar se baña
juguete de traición, cuanto se encierra
en los templos de Dios mancha el olvido,
cuanto acrisola el seno de la tierra
se ofrece a la ambición, ¡todo vendido!

 

Amanecer en Valencia (Desde una torre)

Estas rachas de marzo, en los desvanes
-hacia la mar- del tiempo; la paloma
de pluma tornasol, los tulipanes
gigantes del jardín, y el sol que asoma,
bola de fuego entre dorada bruma,
a iluminar la tierra valentina…
¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,
y velas blancas en la mar latina!
Valencia de fecundas primaveras,
de floridas almunias y arrozales,
feliz quiero cantarte, como eras,
domando a un ancho río en tus canales,
al dios marino con tus albuferas,
al centauro de amor con tus rosales
La muerte del niño herido

Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!

—Duerme, hijo mío. —Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh, flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

Fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

Antonio Machado.
Rocafort, 1937

 

Reproducimos la selección de poemas y su referencia de la página de Jordi Domenech abelmartín.

 

Ya va subiendo la luna
sobre el naranjal.
Luce Venus como una
pajarita de cristal.

Ámbar y berilo,
tras de la sierra lejana,
el cielo, y de porcelana
morada en el mar tranquilo.

Ya es de noche en el jardín
—¡el agua en sus atanores!—
y sólo huele a jazmín,
ruiseñor de los olores.

¡Cómo parece dormida
la guerra, de mar a mar,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalaviar!

Valencia de finas torres
y suaves noches, Valencia,
¿estaré contigo,
cuando mirarte no pueda,
donde crece la arena del campo
y se aleja la mar de violeta?

  • Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura (Barcelona), n.º 3, mayo 1938, p. 41.

 

El poeta recuerda las tierras de Soria

¡Ya su perfil zancudo en el regato,
en el azul el vuelo de ballesta,
o, sobre el ancho nido de ginesta,
en torre, torre y torre, el garabato

de la cigüeña!… En la memoria mía,
tu recuerdo a traición ha florecido;
y hoy comienza tu campo empedernido
el sueño verde de la tierra fría,

Soria pura, entre montes de violeta.
Di tú, avión marcial, si el alto Duero
a donde vas recuerda a su poeta,

al revivir su rojo Romancero;
¿o es, otra vez, Caín, sobre el planeta,
bajo tus alas, moscardón guerrero?

  • Hora de España (Barcelona), n.º XVIII, junio 1938, p. 6.

 

La muerte del niño herido

Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!

—Duerme, hijo mío. —Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh, flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

  • Hora de España (Barcelona), n.º XVIII, junio 1938, p. 7.

 

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

  • Hora de España (Barcelona), n.º XVIII, junio 1938, p. 8.

 

Coplas

I

Papagayo verde,
lorito real,
di tú lo que sabes
al sol que se va.

*

Tengo un olvido, Guiomar,
todo erizado de espinas,
hoja de nopal.

*

Cuando truena el cielo
(¡qué bonito está
para la blasfemia!)
y hay humo en el mar…

*

En los yermos altos
veo unos chopos de frío
y un camino blanco.

*

En aquella piedra…
(¡tierras de la luna!)
¿nadie lo recuerda?

*

Azotan el limonar
las ráfagas de febrero.
No duermo por no soñar.

II

Sobre la maleza,
las brujas de Macbeth
danzan en corro y gritan:
¡tú serás rey!
(thou shalt be king, all hail!)

*

Y en el ancho llano:
«Me quitarán la ventura
—dice el viejo hidalgo—,
me quitarán la ventura,
no el corazón esforzado.»

*

Con el sol que luce
más allá del tiempo
(¿quién ve la corona
de Macbeth sangriento?)
los encantadores
del buen caballero
bruñen los mohosos
harapos de hierro.

 

  • Servicio Español de Información, ¿1938?
    Revista de las Españas, n.º 103-104, julio-agosto 1938.
    En la Biblioteca Nacional (Madrid) se conserva un manuscrito autógrafo de esta serie (ms. 22233), de donde se toma.
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