Relatos. (I) El maletín, de Inma Garín

El maletín
Por Inma Garín

Antonio Machado, sentado y con bastón, en la masía citada en el texto. Fotografía tomada por Corpus Barga

El maletín

Valencia, 21 de abril de 2021
(Revisado 11 de junio de 2022)
Inma Garín

El veinticuatro de febrero de mil novecientos treinta y nueve, Llúcia Teixidor dudó. Sus escrúpulos eran tales que esa noche no pudo dormir. Era una decisión difícil. Hasta entonces no había tenido que enfrentarse a un dilema tan enorme. ¡Cuánta responsabilidad!

La música del pasodoble “Adiós España” sonaba dentro de la masía. Podía ver resquicios de luz por entre las ventanas clausuradas con tablones. El grupo armaba un gran jolgorio mientras los hombres degustaban el buen vino local. Don Antonio Machado, Corpus Barga, Carles Riba, Tomás Navarro Tomás y muchos otros, entre los que también se encontraban José Machado, el doctor Puche y los hermanos Xirau, habían llegado esa misma madrugada huyendo de una Barcelona bombardeada por aviones italianos Savoia-Marchetti SM79 Sparviero, la Aviazione Legionaria, y los alemanes Heinkel He-111 de la Legión Cóndor.

En cambio, allí, en Can Santamaria, donde había vivido desde que se casó veinte años atrás, nada hacía pensar esa noche que España estaba en guerra o que Barcelona caería dos días después.

“Tengo una copla morena hecha de brisa, de brisa y de sol
Cruzando la mar serena, con ella te digo adiós
Adiós mi España preciosa, la tierra donde nací
Bonita, alegre y graciosa, como una rosa de Abril
Ay, ay, ay, ¡voy a morirme de pena viviendo tan lejos de ti!

(…)

¡Qué lejos te vas quedando, España de mi querer!
A Dios le pido llorando que pronto te vuelva a ver

(…)

Si le decía que sí a don Antonio y el maletín se perdía, la historia le juzgaría. Allí debía guardar ese importante señor libros de gran valor. No, no podía dejar que eso pasara, pensó, mientras acariciaba al viejo galgo que sufría de una artritis reumatoide. Los bombardeos de los días anteriores le habían impactado de tal modo que había envejecido diez años en un par de días. “Avui pots estar tranquil, sembla que eixos energúmens no tornaran de moment”, le dijo mientras le acariciaba su pelo color canela. Y añadió. “No li puc dir que sí. Què faré amb aqueix maletí? On l’amagaria? I si m’afusellaren?», rumiaba mientras ordenaba los recibos. El galgo movió la cabeza como si la comprendiera y acto seguido se echó a dormir. Llúcia era una mujer casada con un hombre trabajador que antes de la conflagración se pasaba el día en los campos con los animales o en el taller. Pero Tomás estaba en Barcelona. Marchó a fin de aprovisionar a la militarada para su retirada inminente. Mientras le daba vueltas al modo de desentenderse del maldito maletín, la masovera preparó unos entrepanes para los señoritos. Entre las personas alojadas en la finca que ella cuidaba estaba la madre del insigne intelectual, una anciana que hablaba todo el tiempo de Sevilla, como si la capital andaluza estuviera a la vuelta de la esquina y no en el otro extremo del mapa. También viajaba con ellos la cuñada, una pobre mujer destrozada desde que le arrancaron a sus dos hijas y las mandaron a Moscú. La buena señora debía cuidar de todos pero no hacía más que llorar a escondidas. Don Antonio, el poeta, era un viejo enfermo, con una bronquitis aguda, a quien todo el mundo veneraba y pedía consejo.

…..

¡Qué meses tan tranquilos! Lástima que no esté la ciudad ni yo mismo para hacer turismo. Mi flebitis y mi tos pertinaz me tienen confinado en una butaca, especialmente desde que hemos llegado aquí, a Can Santamaria. Esto es mucho peor. Los soldados no paran de entrar y salir con mantas y ramas para quemar en la chimenea. El jaleo es constante. No se puede descansar o dormir. El insomnio lo vuelve a uno torpe como un leño, inquieto como un animal salvaje. Siempre hay ruidos, portazos, chillidos, ladridos, aunque lo peor es el frío gélido que viene del Pirineo. Por supuesto, leer o escribir es totalmente imposible. Debería poderse trabajar en cosas del espíritu en un lugar así. Pero la situación es límite. Mi último artículo ni siquiera ha sido publicado.

El domingo veintidós de enero con pasaportes y visados en regla salimos de Barcelona por recomendación de mi médico, el buen doctor José Puche, que se ha hecho cargo de mí. A pesar de mis sesenta y tres años, parezco más viejo que madre, que ya ha cumplido ochenta y tres. Solo hay que ver cómo se mueve con la ligereza de una golondrina, mientras que mis piernas son más bien las propias de un paquidermo.

He decidido dejar el maletín con mis más preciadas pertenencias aquí en la finca. No se atreverán a bombardear los arcos conopiales con horquillas e impostas decoradas. Si la buena de Lucía aceptara guardarlo en uno de los múltiples escondrijos que alberga esta hermosa mansión del siglo XVII me quitaría un peso de encima. Las condiciones del viaje que emprenderemos mañana o pasado no son nada seguras. Es más, son terriblemente inciertas. Me tranquilizaría que esas primeras ediciones y esos trabajos inacabados se quedaran aquí, custodiados por la masovera. Cuando la situación se lo permitiera, me los podría enviar a Francia. Porque – ya no me hago ilusiones – la guerra está perdida. Francia e Inglaterra nos han traicionado. La sola concesión de la beligerancia a Franco, sin la retirada total de las fuerzas italianas invasoras de España es, a todas luces, abrirle el camino al fascio. Entregarle las llaves del Mediterráneo.

Haciendo de tripas corazón busqué el momento oportuno para abordar a Lucía. Con esa preocupación a la que le di vueltas y vueltas toda la noche casi no pegué ojo. Nada más despuntar el día, entró con un buen café con leche y una hogaza de pan hecha por ella misma. Sabía de mis insomnios. Al contrario que mi madre, frágil y diminuta, Lucía era una mujer grande y fuerte, de cuarenta años. Tenía el cabello moreno y rizado, ojos negros y un acento duro, típico de esa parte de Gerona, que todavía suena más duro y cerrado cuando los habitantes de las comarcas intentan hacerse comprender en una lengua que no les es propia. Lo había hablado con Tomás Navarro Tomás, quien, con una minucuiosidad científica encomiable, recogía en su libreta las variantes fonéticas de la geografía española. Se podría decir que la fisonomía de la administradora me recordaba un poco a Leonor, aunque fuera mayor que ella, pero bien podría haberse convertido en alguien semejante de no fallecer tan prematuramente. Guardo una foto con su pelo ensortijado recogido con un enorme lazo de raso negro. Me encanta sacarla de la cartera y recordarla oculto de miradas ajenas. No podía suponer que unas horas después se fuera a negar tan rotundamente a mi petición.

– No me lo puedo llevar conmigo, entiéndalo.

– No me’l puc quedar jo!

– Se lo ha de quedar, se lo ruego encarecidamente.

– Impossible! Està decidit.

– Estaba convencido de que me haría este enorme favor.

– Justament, senyor Antonio. És massa delicat. Em sap greu. Ho faria, però tinc massa por.

– Usted es una persona valiente.

– No em puc arriscar a què els feixistes s’enduguen el seu maletí. Què faria jo? M’afusellarien per haver col·laborat amb l’enemic. Jo no vull saber res de res. A mi que em tornen al meu marit i que em deixen en pau. Aquest mas no és lloc per una dona sola. No pose aquesta cara de pomes agres. Ho ha d’entendre. No estiga trist senyor Antonio que em posaré a plorar jo també. Les llàgrimes no fan bon servei a ningú. Val més que s’anime i prenga forces, que li espera un viatge molt llarg cap a la frontera. Ara disculpe’m, però he d’anar-me’n al galliner. Avui hem de fer els preparatius per tots els grups d’evacuats. Marxeu tots demà passat. Ja tinc ganes d’una mica de pau, jo. No tinc filles ni fills que m’ajuden i els homes estan tots defensant el govern de la república, fugint cap al Pirineu o amagant-se en les muntanyes. No vull acabar a la presó o afusellada. No, senyor Antonio. Ni per vosté ni per ningú. La vida d’un és el primer. No crec en l’altra vida com vosté. Si no ho entén…

Así enfermo como estaba, y casi imposibilitado de moverme, me convencí de que lo más sensato era no separarme del maletín con la esperanza de llegar a algún lugar tranquilo donde poder continuar mis trabajos. No me quedaba otra alternativa que custodiar yo mismo las valiosas cartas de Guiomar. En realidad no deseaba separarme de ellas porque eran mi vida. Ya no podía escribirle ni tal vez recibir ninguna más. Recordaba nuestros paseos por los jardines de la Moncloa. Guiomar cogía un limón amarillo, lo olía con una sonrisa enorme, y me lo lanzaba. Yo no acertaba a cazarlo a tiempo y el fruto acababa rodando por el suelo acompañado de nuestras risas. Todo eso estaba dentro del maletín. Estaba seguro que ya no tendría noticias suyas. Así que decidí armarme de valor una vez más.

Como la carretera nacional estaba repleta no se podía avanzar. Paramos en Mas Faixat, a solo dos quilómetros de distancia. Nuestros vecinos no querían acoger a la masa de evacuados de un país tomado por extranjeros. Así que habían cerrado la frontera. Al día siguiente nos avisaron de que, tras la caída de Barcelona, los franceses habían temido una avalancha sin control y habían acabado por abrir el paso de Belitres a mujeres, niños y ancianos. Salimos en varios vehículos por el camino más largo, la carretera nacional colapsada de multitudes hambrientas, la dejamos atrás.

Las bombas de la aviación fascista nos acompañaron todo el camino desde Estartit. A pesar de tanta injusticia y tanto desánimo, estaba feliz. Triste porque me iba de mi patria, a la que amo con todo mi corazón. Alegre porque marchaba camino a la libertad. Me alejaba de una guerra cruel y mortífera. Lástima que la penuria del viaje, el ruido de los trimotores y el silbido de las bombas y, sobre todo, mi precaria salud no me permitieron disfrutar de aquella excursión tan maravillosa por la bahía de Rosas y el Cap de Creus, tierras de íberos, griegos y romanos, que nos trajeron la ciencia y la cultura. De todos modos, el vaho, la lluvia y el barro cegaban las ventanillas.

Pero si mi salud era escasa, el ánimo que me insuflaron mis compañeros hizo que reuniera las fuerzas suficientes para cruzar el Coll de Belitres a pie incluso con la lluvia que pinchaba las mejillas. Ayudado siempre de mi querido bastón, mis compañeros de viaje me animaban diciéndome que sólo quedaba medio quilómetro para llegar al puesto fronterizo.

Pero lo peor sucedió justo antes, al ir a coger el maletín. Cuando cambiamos del coche averiado a la ambulancia, alguien lo puso junto al resto de los bártulos, las mantas, las cestas, los bidones de agua y de gasolina, las ruedas de repuesto, las herramientas, el botiquín sanitario. Tenía la intención de no separarme de él, pero en la situación en la que estaba debí perder la conciencia. “¿Dónde puñetas está mi maletín? ¿Dónde lo habéis puesto?”, pregunté, mientras un escalofrío me recorría la espalda. Aturdido, iba a perder el equilibrio cuando Matea me ofreció una taza de café caliente que me devolvió a la vida. Sentado en el borde de la carretera, me repuse un poco. Alguien se había descuidado. ¿Pero quién? Mi cuñada me calmó y me aseguró que no tenía de qué preocuparme. Pero miré alrededor y solo se veían heridos y equipajes tirados en medio de la cuneta nevada. Nosotros no podíamos detenernos un segundo más. Ante aquel panorama, mi maletín se desvanecía igual que la esperanza. Se hacía de noche y empezaba a helar. Faltaba el trayecto más peligroso, especialmente con la tarde en declive que difuminaba ríos de gente desesperada. Los vehículos pronto se encontraron a nuestras espaldas.

Esa noche, el veintisiete de enero, crucé por fin la frontera con mi madre. La travesía fue muy complicada, ella en brazos de Corpus Barga “¿cuándo llegamos a Sevilla?”, preguntaba con voz aflautada. Afortunadamente, pudimos refugiarnos en la garita de la guardia civil hasta que nos socorrió un vehículo que nos llevó hasta la estación de Cervère. Era el coche del mismo jefe del puesto fronterizo de Belitres. Allí, pasamos una noche terrorífica, en un vagón vacío sin calefacción, ya que los hoteles estaban llenos. Al día siguiente, en la cantina, quise empeñar mi reloj para poder pagar el desayuno  —el dinero español no tenía ningún valor—  pero mis amigos no consintieron que me separase del único recuerdo de mi padre. Mis argumentos no lograron persuadirles. Todo lo contrario, nos invitaron a mi madre y a mí. Fue solo un descuido al calor de la conversación. ¿Cómo pasó? No lo sé. Si perdí el maletín, también podía perder a mi madre. Yo a mi mismo ya me había perdido hacía tiempo. De repente miré, miramos, buscamos a codazos, mientras nos abríamos paso entre maletas y personas en los andenes a la espera del próximo tren a París. No estaba. Nadie la había visto levantarse. Su café con leche y su silla eran testigos de su desaparición. La estación, atestada de refugiados, hacía de su búsqueda una tarea titánica. Afortunadamente, la divisaron no muy lejos de donde nos encontrabamos. Se había desorientado. La abracé sin reñirla.

A los pocos días llegó un comunicado de la Embajada en el que me aconsejaban seguir hasta allí. La representación diplomática se hacía cargo de todos los gastos míos y de mi familia. Pero yo ya no era capaz de figurarme en París. Así, pues, no acepté el ofrecimiento del gobierno republicano en el exilio. Solo pensar en la ciudad del amor convocaba la dulce imagen de Leonor. Preferí quedarme junto al mar. El resto de la comitiva siguió el viaje a la capital, una ciudad que no tardaría en ser ocupada por el ejército nazi. Yo estaba harto del éxodo. Quería volver a mi soledad. Cobijar mi pena y cantarla en cuanto las fuerzas me lo permitieran. ¡Solo se canta lo que se pierde, y yo había perdido tanto! Esos días azules y ese sol de la infancia junto al mar, en Colliure, serían como un bálsamo.

…..

Estos papeles se encontraron debajo de su colchón en el hostal de Colliure. ¿Para quién los escribió don Antonio? Los investigadores todavía lo discuten en sus congresos sobre el exilio republicano.

Unos días después del entierro, Llúcia Teixidor no dudó. Antes de abrir el periódico lo supo. Se le encogió el corazón. Su galgo preferido se había ido el día anterior, igual que ese famoso poeta republicano que le enseñó aquellas coplas que ella canta de tanto en tanto: “Si me tengo que morir/ poco me importa aprender. /Y si no puedo saber,/ poco me importa morir.”

Cuando llegara la primavera plantaría en el huerto dos limoneros, los frutos áureos de don Antonio. Uno por él, al que no podría nunca olvidar; el segundo por el marido, que ya no volverá.