(II) Paquita, por T. Gorria

Paquita
Por Tomás Gorria

—Paquita, coge el gabán y el sombrero de Don Antonio y llévaselo a la puerta…

Mientras acababa la frase, Matea esquivó a Eulalia y Leonor, que ya corrían escaleras arriba hacia la torre. Desde allí podían divisar el mar y un buen tramo de la huerta, el que llaman el Arc de Moncada. Habían quedado con su tio en que cuando avistaran al tren acercándose a Masarrojos, repicarían la pequeña campana que estaba en lo alto de la torre: así sabria Don Antonio que el tren llegaría en poco más de cinco minutos a la estación de Rocafort.

Paquita se acercó a la habitación de Don Antonio, la más cercana a las escaleras de la villa, y cogió el viejo gabán del perchero, del que también colgaba su sombrero algo raido. Bajo las escaleras y se acercó a la puerta que daba a la calle, pero D. Antonio no estaba allí. Franqueó el umbral y lo vio sentado en un banco que esquinaba con la acequia, al lado del puente que la atravesaba. Escribía, sobre el banco, en una hoja suelta de papel.

—Qué, don Antonio, ¿otra vez para Valencia?

—Sí, Paquita, ya ves. Si por mi fuera no me movería de Rocafort, pero el deber me llama, como suele decirse.

Antonio Machado se levantaba para colocarse el gabán cuando comenzó a escucharse el repiqueteo de la campana de la torre que anunciaba la llegada del tren.

—Bueno, voy para la estación. Son pocos metros, pero con lo achacoso que estoy, me cuesta un buen rato llegar.

—Vale, Don Antonio. Para cuando llegue a casa, esta noche, le prepararé una tortilla de faves, que sé que le agrada.

—Gracias, Paquita, hasta la noche.

El poeta se enfundó el sombrero y apoyado en el bastón cruzó el puente de la acequia para encaminarse hacia la estación. Paquita se quedó, vigilante, observando cómo el poeta subia trabajosamente las escaleras que conducian a las vias y esperó hasta que apareció el tren, antecedido por su silbato. Cuando comprobó que Don Antonio, con ayuda de Batiste, el jefe de la estación, subía al trenet, volvió para la casa. El trabajo en la cocina le esperaba. Eran doce bocas que alimentar.

Antes de cruzar la puerta, observó en el suelo un papel arrugado. Lo cogió y vio en el unas líneas escritas a lápiz: Esos días azules, este sol de la infancia. “Se lo volveré a guardar en el gabán”, pensó, mientras cruzaba el portón de Villa Amparo.

Francisca Castellanos, en Villa Amparo, en una imagen de los años cincuenta. Foto cedida por Manuel Marco, su hijo.

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Nota del autor.

Francisca Castellano Gómez (Benissanó 28/10/1909, Rocafort 25/02/1980) trabajó desde muy joven en el servicio de la familia Báguena, tanto en Valencia como en Rocafort. Mientras la familia Machado residió en Rocafort, continuó con su trabajo como cocinera en Villa Amparo.

Ilustración de cabecera: Ramón Gaya, en Hora de España.