Testimonios

Testimonios de los escritores que
visitaron a Machado en Villa Amparo

Antonio Machado estaba prácticamente recluido en Villa Amparo. Tan sólo cogía el trenet para comprar libros en las librerías de viejo del barrio del Mercado. Fiel a su imagen solitaria, en Valencia se refugiaba, como hacía en Madrid en el Cafe Gijón, o en un rincón del Cafe Ideal Room de la calle de la Paz, como recoge el historiador valenciano Joan Chabas

Del libro Juan Chabás y su tiempo: de la poética de vanguardia a la estética del compromiso

También acudió a Valencia en ocasiones excepcionales, como las que requería su condición de Presidente de la Casa de la Cultura o las ponencias del Congreso de Intelectuales.

Sin embargo, las visitas a Villa Amparo de los intelectuales que residían o visitaban Valencia eran constantes. Por los jardines de membrillos y limoneros pasearon personajes de la talla de Tristán Tzara, León Felipe, Rafael Alberti, Octavio Paz, José Bergamín, Vicente Gaos, María Teresa León, María Zambrano, Juan Gil Albert, o Ramón Gaya (muchos de ellos miembros de la redacción de Hora de España), que han dejado en sus obras las reseñas de sus encuentros con el poeta, pero muy probablemente también los miembros del gobierno republicano (según Ian Gibson, Negrín le ofreció a Machado la cartera de Cultura, que rechazó) que también pernoctaban en las lujosas mansiones de la burguesía valenciana de Godella y Rocafort, que la República requisó para sus autoridades. Así es muy probable, que el propio Azaña o Largo Caballero visitaran a Machado en Villa Amparo.

Rafael Alberti, Jose Bergamín y Manuel Altolaguirre. Valencia, 1938

Pero posiblemente la referencia más ilustrativa de la estancia de Machado en Rocafort es la del escritor alicantino Pascual José Pla y Beltrán, que reproducimos a continuación:

Pascual Pla y Beltrán

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO

Por Pascual Plá y Beltrán

Rocafort [Valencia], asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende lar­gamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo. En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses.
Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mi­rador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. […]
Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. […]

Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la esca­lera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella di­visé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó. Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado –con su perpetuo traje marrón– se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española”.

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poe­ta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. […]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye […], ha amado a España como nadie, nos duele España —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno— como a na­die ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fraca­sos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos que­daban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente, se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
–El pesado balón de la tormenta /de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.
–Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
–Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. […]

Yo cometí otra pequeña indiscreción:
—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó—. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
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El texto publicado pertenece a su libro Prosas sueltas de la guerra (Agosto de 1937), págs. 2205–2212

Reseñas de Ramón Gaya y Juan Gil Albert sobre la estancia de A. Machado en Rocafort, recogidas en un especial que el diario ABC publicó en 1975.

También el gran escritor mexicano y premio Nobel de literatura Octavio Paz también ha dejado testimonio de su encuentro con Antonio Machado durante la Guerra Civil comparándolo con el escritor americano Robert Frost:

“De regreso, me acordé de otro solitario, de otra visita. Creo que a Robert Frost le hubiera gustado conocer a Antonio Machado. Pero, ¿Cómo se hubieran entendido?  El español no hablaba inglés y éste no conoce el castellano. No importa, hubieran sonreído. Estoy seguro de que se hubieran hecho amigos inmediatamente”. Me acordé de la casa de Rocafort, en Valencia, del jardín salvaje y descuidado, de la sala y los muebles empolvados. Y Machado, con el cigarro apagado en la boca. El español también era un viejo sabio retirado del mundo y también se sabía reír y también era distraído. Como al norteamericano, le gustaba filosofar, no en los colegios sino al margen. Sabios de pueblo; el americano en su cabaña, el español en su café de provincia. Machado también profesaba horror a lo solemne y tenía la misma gravedad sonriente.

Vermont, junio de 1945
Octavio Paz, de “Las peras del Olmo” (Seix Barral)

El poeta Rafael Albertí fue junto con León Felipe, asiduo visitante de Villa Amparo, y también habla de su estancia en Villa Amparo: “Estaba más contento, más tranquilo, al lado de su madre, de sus hermanos y aquellos sobrinillos de todas las edades, que lo querían y bajaban del brazo al jardín dándole así al poeta una tierna apariencia de abuelo. Desde los limoneros y jazmines -¡oh flor y árbol tan puros en su verso!- cercana, aunque invisible, la presencia del mar Mediterráneo, Machado veía contra el cielo cobalto las torres y azoteas de Valencia, bajo el constante moscardoneo de los aviones de guerra”

Gaya, Gil Albert y Altolaguirre, compañeros en el consejo de redacción de Hora de España.

Juan Gil Albert, en su calidad de jefe de redacción de Hora de España, visitaba al poeta en Rocafort para  recoger sus colaboraciones en la revista: “La casa de Machado, cercada de verja y ligeramente desnivelada hacia el poniente, era un naranjal. (…). Machado me pareció, en medio de la incuria de las habitaciones, alguien que está de paso sobre un mundo removido. Más viejo de lo que, seguramente era. Y descuidado, el cuello sin abotonar, los cordones de los zapatos a medio anudar, el belfo caído: entrecanoso.  (…)  En una ocasión, sentados en sillones de mimbre, con el comienzo, enfrente de un ocaso violeta, y sintiendo bajo nuestros pies el contacto de esos grumos de tierra característicos de los naranjales entrecavados, me habló de Valencia y de la finura de su luz, que según el, no había sido captado en toda su sutileza. Como si se hubiera prestado más atención a la abundancia que a la calidad, quiso decir.”

Juan Gil Albert.
Obra completa en prosa, tomo 2. Memorabilia. pp 317-321

Rafael Ferreres y Machado

Pero una de las más interesantes aportaciones a la estancia de Machado es la Rafael Ferreres, en el articulo Antonio Machado en València publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, (núm. 304-307. Tomo I (octubre-diciembre 1975-enero 1976), pp. 374-385)  En el artículo Ferreres advierte que   la historiografía machadiana tradicional le concede a la estancia del poeta en Rocafort “apenas unas pocas líneas”. Para Ferreres esta brevedad cabe atribuirla más “a la falta de documentación” que a la importancia que tuvo en su devenir. Porque según el estudioso “sus meses en València marcaron huella profunda en la vida y en la obra de don Antonio”, y “la hermanó en su recuerdo nada menos que con Soria y sus tierras”.

Puede consultarse el artículo (la fuente es el instituto Cervantes) en este enlace.

Primera página del articulo de R. Ferreres.

 

Villa Amparo en una de las páginas del artículo de Ferreres, publicado en 1975.

 

Reseñamos de este interesante artículo las referencias a las visitas que el propio Ferreres hacia a Don Antonio en Rocafort:

Bastantes fueron las veces que visité a don Antonio en «Villa Amparo». Siempre que reunía tabaco negro, afanosamente buscado por mí o  clandestinamente a mi buen padre, gran fuma­ dor, también, iba a verle. Tal  era recibido siempre con feli­cidad por don Antonio, que inmediatamente liaba cigarrillo tras ciga­rrillo mientras mis manos, debajo de las suyas, recogían el tabaco que se le caía, pues liaba el pitillo con poca destreza quizá por el temblor de sus manos. El tabaco salvado por mí iba a parar a un bol­ sillo de su chaqueta.

Mis visitas procuraba que coincidieran con las que le hacían sus amigos de siempre, ya que entonces la conversación tenía un interés mayor por los  que tocaban. Estos amigos eran principalmente el actor Ricardo Calvo, persona encantadora, y, sobre todo, el admi­rable, culto y bondadoso don Xavier de Winthuyssen, con el que man­tuve cordial amistad hasta su muerte. ¡Qué singular y gran tipo hu­mano! También de él se podrían contar sabrosas cosas.

En una ocasión se habló del General Moscardó y su defensa del Alcázar. Don Antonio mostró admiración ante el heroísmo del ilustre militar. Dijo que estaba dentro de la tradición española, con Numancia, Sagunto, Guzmán el Bueno, aunque a éste —lo dijo sonriendo— le sobraba el gesto teatral de arrojar el puñal para el sacrificio del hijo. Eugenio d’Ors, en una de sus Glosas, también hace la misma observación. Otra vez tuvo cordial discrepancia sobre la opinión peyo­rativa de don Manuel Azaña sobre los refranes y de quienes los uti­lizaban, pues, así, se evitaban el pensar por cuenta propia. Salió a relucir Sancho Panza, tan diestro y sabio en refranes, y Don Quijote, tan poco hábil en usarlos y tan celoso, por eso, de su escudero. Ha­blando del carácter andaluz contaba la historia de un señor de aque­ llas tierras que teniendo que pintar la fachada de su casa se presenta  en la del vecino que vivía frente a él, y a quien no conocía, para que le dijese de qué color quería que la pintase. El tal vecino, sorpren­ dido, le responde: «Pero si la casa es suya.» «Sí —contesta—,. pero es usted el que tendrá que aguantar el color y quiero uno que sea de su gusto.» Esto, añadía con satisfacción, sólo puede ocurrir en Sevilla. Creo recordar, la memoria falla, que algo semejante lo he leído en un libro de Ortega y Gasset.

Xavier de Winthuysen contó una anécdota que se le atribuía a don Jacinto Benavente, que hizo reír a don Antonio y que no comentó. Se decía que le habían preguntado a Benavente, en la intimidad, claro está, «¿qué le parecen las bombas que nos dejan caer los avio­nes nacionalistas en Valencia?» El dramaturgo contestó: «más miedo tengo a las que suben por las escaleras»; aludía a las angustiosas visitas de los incontrolados.

De poesía se hablaba poco. Una vez fue sobre Juan Ramón Jiménez, de su casi manía de corregir sus versos una y otra vez. Esos versos que ya habían sido publicados hacía bastante años. Don Antonio ca­lificó tal actitud de heroica, pues, ségún él, para corregir un verso es preciso volver al clima espiritual y poético en que se escribió. No era cuestión de gramática, vocabulario y crítica objetiva. Se ad­miraba sinceramente de tal esfuerzo y, añadía, que él jamás había vuelto la vista, en afán corrector, a ninguno de sus poemas. Esto también lo había escrito (11) y sabemos que no es verdad del todo.

(…) En las conversaciones, especialmente cuando eran entre gente desconocida, don Antonio tenía frecuentes momentos de ausencia  ¿Guiomar? (12) ¿Su hermano Manuel?—. Para esas ocasiones y salir del apuro usaba dos palabras que le salvaban. Si se hablaba de la guerra, de los fascistas, salía «con mano dura». Si eran poetas, que le pedían su opinión sobre sus versos, «muy fino, muy fino». Eran libros que le habían mandado o llevado y que, muy posiblemen­te no había leído. Una de las veces, sentados una tarde en el jardín de la casa, llegó un poeta. El poeta era revolucionario y habló de la guerra. Don Antonio se ausentó de la conversación y cuando el vate, cambiando de tema, le interpeló directamente sobre qué le habían parecido sus sonetos, la respuesta, rápida y contundente, fue: «mano dura, mano dura». Ante el asombro que contempló en la cara delírico-heroico, súbitamente y dulcificando la voz, dijo: «muy fino, muy fino».

Una mañana, estando los dos solos, le dije que por casualidad al manejar la radio me había salido Burgos y, casualmente, estaba su hermano Manuel hablando. Cambió, un poco desazonado, la conver­sación sobre otros temas. Yo me di cuenta de que había estado inoportuno. Esta vez, al despedirme, me acompañó hasta la cancela del jardín. AI despedirnos me preguntó: «Sólo por curiosidad, ¿qué decía mi hermano?» Estaba leyendo —dije— unos sonetos patrióti­ cos, uno de ellos dedicado al general Franco. No hizo ningún comen­ tario (13). Me despidió con hasta pronto.

La revista Ínsula de febrero de 1989 recoge como un documento inédito la entrevista que  J. Orozco Muñoz realizó a A. Machado en abril de 1937. Publicado inicialmente en el número 107 de la  revista Ahora ( 1 de mayo de 1937) , Ínsula publica de nuevo la entrevista (rescatada por Robert Marrast) íntegra, ya que en Ahora se publicó incompleta “por un descuido del tipografo”.

 

 

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