Testimonios

Testimonios de los escritores que
visitaron a Machado en Villa Amparo

Antonio Machado estaba prácticamente recluido en Villa Amparo. Tan sólo cogía el trenet para comprar libros en las librerías de viejo del barrio del Mercado. Fiel a su imagen solitaria, en Valencia se refugiaba, como hacía en Madrid en el Cafe Gijón, o en un rincón del Cafe Ideal Room de la calle de la Paz, como recoge el historiador valenciano Joan Chabas

La última vez que vi a Antonio Machado fue en Valencia. Estaba sentado en lo hondo de un café solitario. Era todavía muy temprano, y el café se hallaba en una barriada de poco tránsito. Habías casos clientes, me encontraba en Valencia con permiso de unos días y aquella misma mañana había de incorporarme al frente. Entre para desayunar. Ví a Don Antonio con su mismo gesto tranquilo, con aquella actitud olvidada que solía tener siempre en los divanes de los cafés. Había adelgazado un poco, estaban sus ojos más entornados y con más vago mirar, y en todo su gesto había un poco de dolor. Me acerque a él para saludarle y se arranco de su sexualidad y de su silencio con aquella que mi vida sorpresa con que siempre salía de ese mismo hacía cuánto le reclamaba desde fuera. He complacido mucho verme vestido de soldado, de oficial del ejército republicano. Recuerdo perfectamente, todavía con la resonancia de su honda y con cuánto fervor sin sombras me dijo: “ah si yo pudiera también hubiese sido soldado es lo mejor que se puede ser hoy.  Y durante largo rato que eso es que le contaba de nuestra vida en el frente, los combates, de nuestros soldados. Fue la última vez que vi a del Antonio. Tenía una majestad sublime en su figura, en su gesto, eso es palabras y su voz. Su ancianidad adquiría una grandeza heroica y una sencillez de santidad, cuando hablaba con temblor de España, de mar a mar herida. Aquellas palabras suyas, dichas una mañana cualquiera un café tenían ese acento de eternidad, de segura permanencia entrañada en la historia, que conservan todas las cosas escritas por Antonio Machado sobre nuestra España y nuestra guerra.Del libro Juan Chabás y su tiempo: de la poética de vanguardia a la estética del compromiso

También acudió a Valencia en ocasiones excepcionales, como las que requería su condición de Presidente de la Casa de la Cultura o las ponencias del Congreso de Intelectuales.

Sin embargo, las visitas a Villa Amparo de los intelectuales que residían o visitaban Valencia eran constantes. Por los jardines de membrillos y limoneros pasearon personajes de la talla de Tristán Tzara, León Felipe, Rafael Alberti, Octavio Paz, José Bergamín, Vicente Gaos, María Teresa León, María Zambrano, Juan Gil Albert, o Ramón Gaya (muchos de ellos miembros de la redacción de Hora de España), que han dejado en sus obras las reseñas de sus encuentros con el poeta, pero muy probablemente también los miembros del gobierno republicano (según Ian Gibson, Negrín le ofreció a Machado la cartera de Cultura, que rechazó) que también pernoctaban en las lujosas mansiones de la burguesía valenciana de Godella y Rocafort, que la República requisó para sus autoridades. Así es muy probable, que el propio Azaña o Largo Caballero visitaran a Machado en Villa Amparo.

Rafael Alberti, Jose Bergamín y Manuel Altolaguirre. Valencia, 1938

Pero posiblemente la referencia más ilustrativa de la estancia de Machado en Rocafort es la del escritor alicantino Pascual José Pla y Beltrán, que reproducimos a continuación:

Pascual Pla y Beltrán

MI ENTREVISTA CON ANTONIO MACHADO

Por Pascual Plá y Beltrán

Rocafort [Valencia], asentado sobre el declive de un cerro enano, tiende lar­gamente sus pies al cercano mar donde las espumas marinas se confunden con las jaspeadas barcas pescadoras. La tierra fulge verdes rabiosos, amarillos tonantes y acalorados sienas, cruzado de continuo —de día y de noche— por ese rumor fresco que tiene el agua de las acequias. Estos son los pies de Rocafort. Su frente está coronada por un pinar menguado; de su hombro diestro baja en las noches del estío el azahar de los naranjales, cuyos huertos han ganado los hombres horadando en la piedra, a fuerza de sudorosos sacrificios: sangre, trabajo y tiempo. En este Rocafort levantino moró Machado algunos meses.
Ocupaba un bello chalet en la parte baja del pueblo, con un huerto de jazmines, de rosales y de limoneros. Este paisaje, en el crepúsculo de su edad, le recordaba su niñez en Sevilla. El edificio tenía —o tiene— un mi­rador abierto desde donde podía adivinarse el mar. En aquella pequeña terraza solía recibir Machado a sus visitas. […]
Yo había decidido aquella tarde ver al poeta. Era en agosto de 1937. […]

Me abrió la puerta una muchacha delicada, muy joven, sobrina del poeta. Me hizo aguardar en el jardín mientras ella subía a comunicar mi llegada. Los limoneros desgarraban sus ramas con la acongojada acidez de sus frutos. Reapareció la muchacha en lo alto de la esca­lera y con un gesto de su mano me invitó a subir. Detrás de ella di­visé a don Antonio; le acompañaba su hermano José. Me acogieron con tanta cordialidad que mi nerviosismo cesó. Fuimos a la terraza o mirador de que antes he hablado. Allí había una mesa, a cuyo alrededor tomamos asiento. Antonio Machado –con su perpetuo traje marrón– se sentó al frente; su hermano se colocó a mi diestra. “He frente a mí —pensé— al hombre sobre cuyos hombros reposa la más entrañable poesía española”.

Era conmovedor ver el cariño con que se trataban ambos hermanos. Es difícil ser artista y no poseer un rencor, una envidia, un veneno. “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, había escrito el poe­ta. Ahora hablaba con su ligero acento andaluz, con su dura timbrada voz agradable. De vez en vez requería el asentimiento de su hermano; éste corroboraba sus aseveraciones con una palabra, con una sonrisa, con un gesto, con una mirada. […]
—La llevada y traída y calumniada generación del 98, en la cual se me incluye […], ha amado a España como nadie, nos duele España —como dijo, y dijo bien, ese donquijotesco don Miguel de Unamuno— como a na­die ha podido dolerle jamás patria alguna. Pero los españoles habíamos soñado con exceso, habíamos vivido demasiado de nuestros antepasados, demasiado como milagro. Nuestro sueño cayó con la bancarrota de las últimas empresas ultramarinas. La razón contundente de nuestros fraca­sos nos demostró que podía lucharse, pero no vencerse con lanzas de papel. Recogimos velas, las pocas y desgarradas velas que aún nos que­daban, y nos volvimos patria adentro. Había que poner un poco de orden aquí. Nuestra universalidad, la universalidad de España, no puede ser ya una universalidad física, sino espiritual, No nos engañemos.

Del cielo encapotado, fosco, desprendióse una fulminante llamarada; seguidamente, se escuchó un imponente trueno. Comenzó a llover.
Yo dije, tal vez tontamente:
–El pesado balón de la tormenta /de monte en monte rebotar se oía.
Antonio Machado sonrió.
—No sé —dijo de nuevo— si han sido mis palabras o mis versos, que fluían en la mente de usted, los que han convocado la tormenta, pues no creí que fuera a llover esta tarde. Veo, también, que usted lee mis versos; yo no los leo nunca. No los leo, porque creo que los versos son intuiciones cuajadas, experiencias latentes, cuando son y significan algo; precisamente por lo que tienen de testimonios de momentos que fueron, de sombras del pasado, nos llevan fatalmente a la elegía. Yo dejo caer mis poemas como hojas frescas, como esas hojas de limonero tan relucientes bajo el agua, sin volver sobre ellos; así tengo la impresión de que permanecen tan juveniles como cuando los concebí y creé.
–Lo siento por usted, don Antonio —le interrumpí—. Debería leer al mejor poeta de España.
–Me basta —y su palabra cobró una entonación especial— con leer a Jorge Manrique y a Federico García Lorca. […]

Yo cometí otra pequeña indiscreción:
—¿Qué sabe de su hermano Manuel? —dije.
El rostro de Machado se iluminó.
—Es para mí una tremenda desgracia estar separado de Manuel —me contestó—. Él es un gran poeta. Él, además de mi hermano, ha sido mi colaborador fiel en una serie de obras teatrales; sin su ánimo, nunca esas obras hubieran sido escritas —hizo una breve pausa—. La vida es cruel a veces; a veces, es excesivamente dura. Pero este dolor nuestro, por profundo que sea, no es nada comparado con tanta catástrofe como va cayendo sobre el pecho de los hombres. Sin embargo, cuando pienso en un posible destierro, en una tierra que no sea esta atormentada tierra española, mi corazón se llena de pesadumbre. Tengo la certeza de que el extranjero significaría para mí la muerte.
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El texto publicado pertenece a su libro Prosas sueltas de la guerra (Agosto de 1937), págs. 2205–2212

Reseñas de Ramón Gaya y Juan Gil Albert sobre la estancia de A. Machado en Rocafort, recogidas en un especial que el diario ABC publicó en 1975.

También el gran escritor mexicano y premio Nobel de literatura Octavio Paz también ha dejado testimonio de su encuentro con Antonio Machado durante la Guerra Civil comparándolo con el escritor americano Robert Frost:

“De regreso, me acordé de otro solitario, de otra visita. Creo que a Robert Frost le hubiera gustado conocer a Antonio Machado. Pero, ¿Cómo se hubieran entendido?  El español no hablaba inglés y éste no conoce el castellano. No importa, hubieran sonreído. Estoy seguro de que se hubieran hecho amigos inmediatamente”. Me acordé de la casa de Rocafort, en Valencia, del jardín salvaje y descuidado, de la sala y los muebles empolvados. Y Machado, con el cigarro apagado en la boca. El español también era un viejo sabio retirado del mundo y también se sabía reír y también era distraído. Como al norteamericano, le gustaba filosofar, no en los colegios sino al margen. Sabios de pueblo; el americano en su cabaña, el español en su café de provincia. Machado también profesaba horror a lo solemne y tenía la misma gravedad sonriente.

Vermont, junio de 1945
Octavio Paz, de “Las peras del Olmo” (Seix Barral)

El poeta Rafael Albertí fue junto con León Felipe, asiduo visitante de Villa Amparo, y también habla de su estancia en Villa Amparo: “Estaba más contento, más tranquilo, al lado de su madre, de sus hermanos y aquellos sobrinillos de todas las edades, que lo querían y bajaban del brazo al jardín dándole así al poeta una tierna apariencia de abuelo. Desde los limoneros y jazmines -¡oh flor y árbol tan puros en su verso!- cercana, aunque invisible, la presencia del mar Mediterráneo, Machado veía contra el cielo cobalto las torres y azoteas de Valencia, bajo el constante moscardoneo de los aviones de guerra”

Gaya, Gil Albert y Altolaguirre, compañeros en el consejo de redacción de Hora de España.

Juan Gil Albert, en su calidad de jefe de redacción de Hora de España, visitaba al poeta en Rocafort para  recoger sus colaboraciones en la revista: “La casa de Machado, cercada de verja y ligeramente desnivelada hacia el poniente, era un naranjal. (…). Machado me pareció, en medio de la incuria de las habitaciones, alguien que está de paso sobre un mundo removido. Más viejo de lo que, seguramente era. Y descuidado, el cuello sin abotonar, los cordones de los zapatos a medio anudar, el belfo caído: entrecanoso.  (…)  En una ocasión, sentados en sillones de mimbre, con el comienzo, enfrente de un ocaso violeta, y sintiendo bajo nuestros pies el contacto de esos grumos de tierra característicos de los naranjales entrecavados, me habló de Valencia y de la finura de su luz, que según el, no había sido captado en toda su sutileza. Como si se hubiera prestado más atención a la abundancia que a la calidad, quiso decir.”

Juan Gil Albert.
Obra completa en prosa, tomo 2. Memorabilia. pp 317-321

Rafael Ferreres y Machado

Pero una de las más interesantes aportaciones a la estancia de Machado es la Rafael Ferreres, en el articulo Antonio Machado en València publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, (núm. 304-307. Tomo I (octubre-diciembre 1975-enero 1976), pp. 374-385)  En el artículo Ferreres advierte que   la historiografía machadiana tradicional le concede a la estancia del poeta en Rocafort “apenas unas pocas líneas”. Para Ferreres esta brevedad cabe atribuirla más “a la falta de documentación” que a la importancia que tuvo en su devenir. Porque según el estudioso “sus meses en València marcaron huella profunda en la vida y en la obra de don Antonio”, y “la hermanó en su recuerdo nada menos que con Soria y sus tierras”.

Puede consultarse el artículo (la fuente es el instituto Cervantes) en este enlace.

Primera página del articulo de R. Ferreres.
Villa Amparo en una de las páginas del artículo de Ferreres, publicado en 1975.

Reseñamos de este interesante artículo las referencias a las visitas que el propio Ferreres hacia a Don Antonio en Rocafort:

Bastantes fueron las veces que visité a don Antonio en «Villa Amparo». Siempre que reunía tabaco negro, afanosamente buscado por mí o  clandestinamente a mi buen padre, gran fuma­ dor, también, iba a verle. Tal  era recibido siempre con feli­cidad por don Antonio, que inmediatamente liaba cigarrillo tras ciga­rrillo mientras mis manos, debajo de las suyas, recogían el tabaco que se le caía, pues liaba el pitillo con poca destreza quizá por el temblor de sus manos. El tabaco salvado por mí iba a parar a un bol­sillo de su chaqueta.

Mis visitas procuraba que coincidieran con las que le hacían sus amigos de siempre, ya que entonces la conversación tenía un interés mayor por los  que tocaban. Estos amigos eran principalmente el actor Ricardo Calvo, persona encantadora, y, sobre todo, el admi­rable, culto y bondadoso don Xavier de Winthuyssen, con el que man­tuve cordial amistad hasta su muerte. ¡Qué singular y gran tipo hu­mano! También de él se podrían contar sabrosas cosas.

En una ocasión se habló del General Moscardó y su defensa del Alcázar. Don Antonio mostró admiración ante el heroísmo del ilustre militar. Dijo que estaba dentro de la tradición española, con Numancia, Sagunto, Guzmán el Bueno, aunque a éste —lo dijo sonriendo— le sobraba el gesto teatral de arrojar el puñal para el sacrificio del hijo. Eugenio d’Ors, en una de sus Glosas, también hace la misma observación. Otra vez tuvo cordial discrepancia sobre la opinión peyo­rativa de don Manuel Azaña sobre los refranes y de quienes los uti­lizaban, pues, así, se evitaban el pensar por cuenta propia. Salió a relucir Sancho Panza, tan diestro y sabio en refranes, y Don Quijote, tan poco hábil en usarlos y tan celoso, por eso, de su escudero. Ha­blando del carácter andaluz contaba la historia de un señor de aque­ llas tierras que teniendo que pintar la fachada de su casa se presenta  en la del vecino que vivía frente a él, y a quien no conocía, para que le dijese de qué color quería que la pintase. El tal vecino, sorpren­dido, le responde: «Pero si la casa es suya.» «Sí —contesta—,. pero es usted el que tendrá que aguantar el color y quiero uno que sea de su gusto.» Esto, añadía con satisfacción, sólo puede ocurrir en Sevilla. Creo recordar, la memoria falla, que algo semejante lo he leído en un libro de Ortega y Gasset.

Xavier de Winthuysen contó una anécdota que se le atribuía a don Jacinto Benavente, que hizo reír a don Antonio y que no comentó. Se decía que le habían preguntado a Benavente, en la intimidad, claro está, «¿qué le parecen las bombas que nos dejan caer los avio­nes nacionalistas en Valencia?» El dramaturgo contestó: «más miedo tengo a las que suben por las escaleras»; aludía a las angustiosas visitas de los incontrolados.

De poesía se hablaba poco. Una vez fue sobre Juan Ramón Jiménez, de su casi manía de corregir sus versos una y otra vez. Esos versos que ya habían sido publicados hacía bastante años. Don Antonio ca­lificó tal actitud de heroica, pues, ségún él, para corregir un verso es preciso volver al clima espiritual y poético en que se escribió. No era cuestión de gramática, vocabulario y crítica objetiva. Se ad­miraba sinceramente de tal esfuerzo y, añadía, que él jamás había vuelto la vista, en afán corrector, a ninguno de sus poemas. Esto también lo había escrito (11) y sabemos que no es verdad del todo.

(…) En las conversaciones, especialmente cuando eran entre gente desconocida, don Antonio tenía frecuentes momentos de ausencia  ¿Guiomar? (12) ¿Su hermano Manuel?—. Para esas ocasiones y salir del apuro usaba dos palabras que le salvaban. Si se hablaba de la guerra, de los fascistas, salía «con mano dura». Si eran poetas, que le pedían su opinión sobre sus versos, «muy fino, muy fino». Eran libros que le habían mandado o llevado y que, muy posiblemen­te no había leído. Una de las veces, sentados una tarde en el jardín de la casa, llegó un poeta. El poeta era revolucionario y habló de la guerra. Don Antonio se ausentó de la conversación y cuando el vate, cambiando de tema, le interpeló directamente sobre qué le habían parecido sus sonetos, la respuesta, rápida y contundente, fue: «mano dura, mano dura». Ante el asombro que contempló en la cara delírico-heroico, súbitamente y dulcificando la voz, dijo: «muy fino, muy fino».

Una mañana, estando los dos solos, le dije que por casualidad al manejar la radio me había salido Burgos y, casualmente, estaba su hermano Manuel hablando. Cambió, un poco desazonado, la conver­sación sobre otros temas. Yo me di cuenta de que había estado inoportuno. Esta vez, al despedirme, me acompañó hasta la cancela del jardín. AI despedirnos me preguntó: «Sólo por curiosidad, ¿qué decía mi hermano?» Estaba leyendo —dije— unos sonetos patrióti­ cos, uno de ellos dedicado al general Franco. No hizo ningún comen­ tario (13). Me despidió con hasta pronto.

La revista Ínsula de febrero de 1989 recoge como un documento inédito la entrevista que  J. Orozco Muñoz realizó a A. Machado en abril de 1937. Publicado inicialmente en el número 107 de la  revista Ahora ( 1 de mayo de 1937) , Ínsula publica de nuevo la entrevista (rescatada por Robert Marrast) íntegra, ya que en Ahora se publicó incompleta «por un descuido del tipografo».

Transcripción de la revista Ahora:

Habla el gran poe­ta Antonio Machado

Hemos ido a buscarle a su retiro. Esta paisaje valenciano—tan lejos, tan distin­to del suyo: Castilla, Andalucía…— es la nueva perspectiva del poeta. He aquí có­mo, por los azares de la guerra, Antonio Machado ha venido a ser algo nuestro. (¡Quién eabe si existe ya en potencia el poema deflnitivo de nuestra huerta!)

He llegado hasta él con cierta emoción Inquietante, aplacada al verle. Su bienvenida bondadosa, el cariño con que acoge mis deseosme lo han puesto tan pronto y tan naturalmente a mi nivel, que la charla ha surgido espontánea y serena en una intimidad de estimulo.

Le he prometido no fantasear a mi mo­do, no alterar en nada lo que él me ha dicho. Lo transcribo a continuación de una manera escueta, tal como ha surgi­do de sus labios.

—Alguien ha dicho que “el gran poeta debe estar en medio de todos los hom­bres, sin cuidarse de sus banderas, re­galando a unos y a otros su cosecha de altas verdades”. ¿No cree usted que es­tas verdades (de serio) no serían acep­tadas en modo alguno por todas las cla­ses de hombres?

—Evidentemente. No a todos sentarían igual; pero, sin embargo, el poeta debe rendir culto a la verdad por encima de todo. Lo siempre lo he hecho así, y no me arrepiento.

—Por el contrario, ¿no cree usted en el poeta de bandera al servicio de la alta y única verdad del pueblo?

—De una manera dogmática, no. Pero en España el poeta debe estar siempre con el pueblo. Lo mejor en España es siempre del pueblo. El patriotismo, por ejemplo, es siempre popular, no es de ‘‘señorito”. El ‘‘señorito” vende a la Pa­tria y el pueblo la salva con su esfuer­zo y con su sangre. Ocurrió asi en la guerra de la Independencia, está ocu­rriendo ahora. Efectivamente, parecen una cosa actual, y es que uno ve las cosas siempre a distancia, cuando vienen o cuando se van. La visión requiere distancia. Yo no podría escribir ahora sobre el hoy mis­mo. Así, estas poesias mías que compuse en 1911, tal vez sin justificación plena, pueden referirse—por milagro de Intui­ción—a lo que hoy vivimos.

—Recientemente se celebró en Valen­cia el Congreso de la Juventudes; a él asistió usted, aunque silenciosamente. ¿Qué Impresión le produjo?

—Magnifica. Su idea central de agrupar a toda la juventud en estos momentos de lucha, pese a sus dificultades por la diversidad de Ideología, es digna de llevarse a la práctica cuanto antes. Lo que me conmovió profundamente fué la intervención de “Pasionaria”. ¡Qué tono de sinceridad. de mujer española auténtica! ( Y en su voz, que evoca la figura de la gran dirigente comunista, hay temblores de emoción contenida.)

—El hecho de que personalidades como el profesor Carrasco, como usted, ocupa­ran un puesto de honor en dicha Confe­rencia, ¿no le parece altamente significativo?

—Evidentemente. Fué una cosa muy simpática y muy representativa. Como significación es magnífica. A mi me hon­ró inmerecidamente (apunta su modes­tia) y de manera extraordinaria la prue­ba de cariño que se me dispensó.

—Para terminar; quisiéramos de usted de unas palabras dedicadas expresamente a los estudiantes antifascistas españoles, como no ignora usted, agrupados en la F.U.E.

—A los estudiantes os está reservado un gran papel en la revolución, ya que toda revolución no es sino una rebelión de menores. (Dice esto Antonio Macha­do o es Juan de Mairena quien habla?) Además, yo he tenido siempre un sito concepto de vosotros. He expresado ya en otras ocasiones que la enseñanza españo­la no podría reformarse, encauzarse do manera eficaz, sin la colaboración de los estudiantes. Tampoco he creído justa la idea del estudiante apolítico. Los estu­diantes debéis hacer política, sino la política se hará contra vosotros.

Y en la despedida afectuosa vuelve a poner Machado toda su enorme bondad que le rezuma de su cuerpo gigante, ya cansado.

J. OROZCO MUÑOZ

José Machado (Últimas soledades del poeta Antonio Machado, 1959).

«Por suerte unos buenos amigos le proporcionaron una villa en el bello campo de Rocafort. Muy bien situada y a unos veinte minutos por tren de Valencia. [ … ] Desde los miradores de esta finca se abarcaba la maravillosa huerta valenciana, laborada con ese amor que los valencianos ponen sobre sus campos. [ … ] Asomándose a la alta torre erguida sobre la tierra, a manera de vigía, se divisaba la franja azul del mar, surcada a veces por diminutos barcos en la lejanía.[ … ] Vuelve el poeta a sus naranjos y limoneros en esta torre valenciana que le recuerdan a su niñez. Pero esta vez serán ya los últimos que vea. Está ya en una de las estancias finales de su vida. [ … ] Debajo del barandal que limitaba uno de los lados de esta Villa Amparo que así se llamaba, corría el agua de una acequia. Otra vez el agua que d sde niño cautivó su atención y que tan significativa es a lo largo de toda su obra poética. [ … ] En el amplio comedor se quedaba todas las noches ante su mesa de trabajo y como de costumbre rodeado de libros. Metido en su gabán desafiaba el frío escribiendo hasta las primeras horas del amanecer en que abría el gran ventanal para ver la salida del sol, o en otras ocasiones, y a pesar de estar cada día menos ágil subía a lo alto de la torre para verlo despertar allá lejos, sobre el horizonte del mar. [ … ] Así trabajó sin descanso en la torre valenciana de Rocafort, durante los quince meses aproximadamente que duró su estancia allí. [ … ] Fue en este tiempo cuando el gran hispanófilo ruso Fedor Kelyn, le·visitó una tarde en el amplio mirador que daba al campo y que era uno de sus lugares favoritos de contemplación. [ … ] Al serle presentado por el joven español que le acompañaba, este dijo: «le presento a usted al mejor poeta de España». «Del mundo» añadió Kelin emocionado, perdiendo la mitad de su estatura al inclinarse para besa,r con fervorosa unción las manos del poeta. [ … ] Otros ratos baja al jardín para andar un poco -muy poco- y sentarse enseguida para contemplar la naturaleza tan amada por él».

Leonor Machado. Entrevista a Tomás Gorria. 2009

En el comedor, mi tío Antonio nos daba clases de francés para que no estuviéramos en barbecho [. .. ] Tras esta .puerta, estaba el mirador donde comíamos las seis primas [ … ) Mi tío dormía y trabajaba en esta habitación, que daba al balcón donde aparece la famosa foto del pie equivocado[. .. ] En este porche, jugábamos con María Teresa León, que acompañaba a León Felipe y Rafael Alberti, cuando venían a visitar a mi tío. Ella me llamaba la niña de los ojos grises».

Max Aub. Agosto 1937. Cuerpos presentes

«Algunas tardes, en Rocafort, pueblo lindero a Valencia, hablábamos .de teatro [ … ] La casa, villa veraniega de algún rico valenciano, estaba, como todas sus asurcanas, levantada sobre una primera planta a la altura de los hombros: allí abajo vive la casera, criada retirada del servicio que todavía rinde su pan guardando la propiedad; está el lavadero y, colgados, los grandes soles negros de las paellas, y las garrapatas de sus trébedes. [ … ] Al piso principal se desembarca por una doble escalera de piedra artificial; el rellano forma la terraza suficiente para dominar el jardincillo y avisar la huerta. [ … ] Por el jardín corren las sobrinas del poeta. [ … ] Salíamos al barandal. A la derecha el pueblo, blanco en su jaharro y azul de su mayólica en cúpulas. A la izquierda la huerta, sin más naranjos que los de la casa, llanísima, baja, rojal, verde, de cien colores: ¡Hervor de leche y plata, añil y espuma,/ y velas blancas en la mar latina! [ … ] Raíz de una docena de chopos que, doscientos metros más allá, señalan la estación del pueblo: Su claro verde el chopo en yemas guarda [ … ] Un ferrocarril chico, de juguete, por el que yo volvía a Valencia, cerrada la noche, alta, a veces, la luna, ribeteándolo todo de luz luciérnaga. A lo lejos, como un hilo, entre el cielo y la tierra, la mar: En mi parterre/ miro a la mar que el horizonte cierra».

Vicente Gaos. Revista El Español, 1945

«Me sería difícil relatar la primera impresión de este encuentro. Desde luego la sensación inmediata fue la de encontrar a don Antonio mucho más viejo de lo que yo suponía, juzgando por dibujos y retratos recientes. Andaba encorvado y arrastrando los pies. El aliño de su persona era exactamente «el torpe aliño indumentario» con el que él mismo se ha descrito. Veíase en todo al hombre descuidado de sí mismo. Su cansancio y su agotamiento trascendían en el vacilante pulso con que firmó nuestros libros. Recuerdo que, para escribir, se puso unas gafas, mientras nos explicaba que ya no tenía vista suficiente para trabajar sin ellas».

Antonio Sánchez Barbudo. Antonio Machado en los años de la guerra civil. 

La evacuación de los «sabios» en noviembre de 1936

A instancias de Alberti y de León Felipe, Machado salió de Madrid, acompañado de su familia, en noviembre de 1936. Resonaba ya entonces el estruendo del cañón por las calles y el cielo de Madrid, y se luchaba a las puertas de la ciudad. El gobierno había ordenado la evacuación de los intelectuales. Al llegar a Valencia se le instaló con otros escritores, hombres de ciencia y artistas, en lo que se llamó Casa de la Cultura. Allí vivieron apiñados durante semanas y meses los «sabios», como generalmente se decía. Algunos de los que estuvieron al lado de Machado en Valencia, como Navarro Tomás, dos años después le acompañarían también en la penosa salida de España. (…)

En aquel mismo mes de noviembre, un grupo de jóvenes, que habían sido evacuados por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, planeaba en Valencia la creación de una nueva revista, más literaria que política, dedicada «al servicio de la causa popular». Solíamos reunimos en un café de la calle de la Paz. (…)

Machado aceptó pronto nuestra propuesta, el ruego de que nos diese colaboración mensualmente para Hora de España. Aceptó con gusto, entre otras razones porque necesitaba el dinero. Hablamos largo rato; de la revista, y sobre todo de la guerra, que él seguía siempre con gran interés. Y a partir de ese día y durante seis meses —hasta junio de 1937, fecha en que habiendo el gobierno llamado a filas a mi quinta, dejé la revista, me presenté y me mandaron a Madrid— fui a verle muchas veces al mismo pueblo, con el pretexto de recoger originales, llevarle pruebas y demás. Me sentía siempre bien recibido en aquella casa, tanto por él como por su familia; aunque pronto supe que empezaban a abrumarle ciertas visitas, sobre todo las de comisiones, más o menos oficiales, que acudían a pedirle algo o a rendirle homenaje. Pero a él le gustaba charlar libremente con los jóvenes; y más de una vez, aunque por discreción yo me dispusiera a retirarme pronto, él insistió en que me quedase un rato para seguir hablando. (…)

Las caras de los milicianos

Y ahora voy a la conversación primera de cierta importancia que recuerdo, que tuvo lugar muy al principio de mis visitas, quizás aún en diciembre de 1936. De lo que me habló, y con gran emoción, fue de los milicianos. De las caras de los milicianos, que él había observado en Madrid.

Hablaba concentrándose, fijando su mirada en un punto al evocar aquellas caras, como si quisiera recordar los rasgos con toda exactitud, revivir su impresión, penetrar un secreto. Eran las mismas caras de siempre, decía, las de hombres jóvenes del pueblo que él había visto tantas veces. Mas en ellas se advertía ahora una transfiguración; y era la muerte, no cabía duda, la intuición de la muerte lo que ponía en esos rostros un sello noble y trágico.

Se descubría oyéndole, aunque esto él no lo dijera explícitamente, su gran admiración a esos hombres, el respeto y amor que hacia ellos sentía. Resultaba evidente que quería sentirse solidario, hermano de ellos; compañero en una empresa alta, en una situación que trascendía la vida ordinaria. Hablaba de muerte, de tragedia; pero su voz revelaba a veces, al recordar a aquellos milicianos, un especial contento, una como callada y muy honda alegría. Y yo adiviné ya entonces, aunque fuera oscuramente, y he comprendido luego con más claridad, por qué. La satisfacción que sentía era la de ver al fin realizado, realizándose, el gran sueño de toda su vida.